viernes, 20 de marzo de 2015

Pero a tu lado


-Todo sería más fácil si te apartara -me dijo.

-¿Y por qué no lo haces?
-No lo sé... -respondió finalmente-. No lo sé... -repitió más bajo acercando tanto su cara a la mía que podía respirar su aliento-. No lo sé... -susurró de nuevo apoyando su frente contra la mía.

Me oí a mí misma tragar saliva y sentí que él hacía lo mismo. Tenía los labios entreabiertos, esos carnosos labios que me atraían como si de un imán se trataran. Iba a besarme, lo sabía, y deseaba que lo hiciera con todas mis fuerzas. La oscuridad alcanzó su rostro. Ya no podía verlo. [...] 



“¿Qué quieres? ¿Qué te pida perdón? ¿Qué me disculpe por haber tenido una madre y un padre que me quieren, por no tener un abuelo que me haga la vida imposible, por no haber pasado dos años en un psiquiátrico? Tú no tienes la culpa de lo que te ha pasado, pero yo tampoco de que mi vida haya sido, como dices tú “tan fácil”




-¿Me estabas besando?
-¡Yo! -«niégalo, niégalo, niega lo evidente, Alexia»-. ¡Ja! Más quisieras -«Dios, qué vergüenza, que me trague la tierra ya».
-Me estabas besando –aseveró con una sonrisa socarrona.
-Pero si estabas medio dormido.
-O sea, que lo admites.
-¡No admito nada! Digo que, como estabas dormido, habrá sido que tu mente te ha jugado una mala pasada.
Se rio. Yo no tenía la culpa, fue una pulsión irrefrenable y esa voz que me animaba a hacerlo… Y pensé que él me estaba respondiendo. Dios, qué vergüenza. Pero, claro, si había comenzado mi argumento negándolo todo, ahora no podía cambiarlo.
-Me voy a mi casa –dije mientras me dirigía hacia las escaleras.
-¿Y vas a saltar en albornoz?
-Saltaré como me dé la gana.
-¿Otro beso de buenas noches? –casi no pudo terminar la frase de la risa.
-Que te den.